10 Historias Reales de la Ouija (parte 5)

por Víctor el 26/03/2013

Lo que no crees es real

La curiosidad y el aburrimiento empujaron a dos jóvenes de 30 años a jugar con la ouija. Al principio todo les pareció divertido, pero pronto se dieron cuenta de que habían tomado contacto con un ente. Éste les respondía preguntas, demostrando su inteligencia. Antes de marcharse, el espíritu deletreó: “Lo que no crees es real”.

Esa noche, una de las amigas estaba en la cocina bebiendo un vaso de agua. Notó a lo lejos los gritos de una niña que lloraba. Decidió no darle mayor importancia, pero cuando fue a su cama para dormir, encontró una nota escrita de forma tosca que decía: “Te lo he dicho”.

Sonó el teléfono. Era su hermana, preocupada porque su sobrina de 16 años no había regresado a casa después del colegio. Le dijo que esperara ahí, que iría para ayudar a encontrarla. Cogió las llaves de su coche y fue al armario para sacar su abrigo. Cuando abrió la puerta del armario vio, horrorizada, que todo estaba lleno de sangre. En el suelo, entre los zapatos, estaba el cuerpo de la niña, totalmente desfigurado.

La mujer gritó y salió corriendo de la casa. Corrió hasta la casa de su hermana, que vivía dos calles más allá. Tocó el timbre, pero vio que la puerta de la entrada estaba abierta. Cuando entró a la casa vio un rastro de sangre que iba hacia el salón. Ahí encontró a su hermana clavada contra la pared por un montón de cuchillos de cocina que habían sido insertados con tal fuerza que incluso los mangos se habían deslizado dentro de su cuerpo. Tenía los brazos abiertos y formaba una T como en una crucificción. La mujer se desmayó y fue encontrada por la policía, que había sido alertada por los vecinos debido a los gritos.

Cuando despertó en el hospital declaró haber visto, a los pies del cuerpo crucificado de su hermana, a un ser no muy alto, como una sombra negra que la quedó “mirando” mientras hacía un ruido extraño.

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La ouija y la anorexia

A mediados del año 2000, siete alumnos de una universidad local se juntaron para jugar con el tablero de ouija que uno de ellos había comprado por Internet. Durante la sesión, una de las chicas preguntó a qué edad moriría. La tabla deletreó “31” y “anorexia”.

La chica se puso muy nerviosa y echó a llorar.

Había estado ocultando sus problemas con la comida desde hace años. Unos meses antes la habían diagnosticado con bulimia y, aunque quería cambiar, no podía.

Años después, el año en el que casi todos los chicos cumplían 31 años, recibieron el aviso de un funeral: su amiga había fallecido por un ataque cardíaco relacionado con la anorexia. Nunca se recuperó de la bulimia que sufría y que derivó en un trastorno anoréxico. Murió el día de su cumpleaños número 31.

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